El error de ‘Suave un toque’ con Juan Diego Castro

Written by on 09/12/2020

Una de las aficiones de Juan Diego Castro desde hace más de dos décadas es perseguir por la vía penal a los medios de comunicación

A Juan Diego Castro le duele la parcialidad y el irrespeto a las normas éticas y jurídicas. Literalmente, dice que la arbitrariedad en la justicia “afecta gravemente mi salud y sobre todo me decepciona”. No ha trascendido si esa es la querencia que justifica el dictamen médico por el que el pasado 1 de diciembre no se presentó a la reanudación del juicio por la demanda que puso por supuesta difamación contra Suave un toque. Pero fue parte de lo que dijo unos días después en Facebook para explicar su ausencia y también para dar a entender que su desaparición nada tiene que ver con un repentino arrepentimiento en su afán de vengarse de los poderosos y peligrosos universitarios que dijeron cosas feas suyas hace tres años en un programa del canal de la UCR.

Contrario a lo que dice el título de una noticia publicada la semana pasada en un medio digital, Castro no necesariamente ha “fracasado” en su demanda contra Suave un toque. Pese a las dudas sobre la incapacidad médica de un mes que presentó el excandidato presidencial para justificar su abandono, los jueces simplemente anularon el juicio, que según los que entienden de estas cosas ahora deberá comenzar desde cero. Y eso, como bien ha explicado Suave un toque, está lejos de ser un “fracaso” para Castro, en el tanto todas sus provocaciones durante lo que había transcurrido del proceso ya no tendrán cabida en la nueva causa.

Si, como todo apunta, se hace borrón y cuenta nueva, un juzgado todavía tiene que decidir si fueron difamatorias las 14 afirmaciones denunciadas por Castro, que fueron proferidas en un episodio de diciembre de 2017 en el que se hablaba de los tres candidatos presidenciales que lideraban las encuestas en ese momento. Eso es lo que denunció Castro, que no podemos olvidar que vive los procesos judiciales como competiciones deportivas, y más si son contra medios de comunicación. Recordemos, por ejemplo, que en 1999 La Nación tuvo que publicar en sus primeras diez páginas una sentencia por injurias durante su etapa de ministro, algo que según el citado periódico el marco jurídico actual no permitiría, pero de lo que de todos modos el abogado masón nunca ha dejado de vanagloriarse.

Me encantaría entender a dónde quiere llegar Juan Diego Castro con su denuncia contra Suave un toque, pero no ha respondido el mensaje que le dejé en Facebook. Creo que cada vez es más obvio que su estrategia trasciende el juicio (en las varias acepciones de la palabra “juicio”), pero también que casi nadie le está dando pelota, al menos no los grandes medios, que han ignorado olímpicamente el proceso con la soberbia que les caracteriza. El más populista de nuestros políticos bien podría estar precalentando la campaña electoral de 2022 (en 2018, pese a lo que decían las encuestas, le votó menos del 10%) o simplemente está saboreando las mieles de presentar una denuncia para defender su honor ante un grupo de jóvenes que claramente difiere de sus mensajes políticos. Lo único certero es que, para él, sea como sea, todo esto es muy placentero.

Se puede interpretar la demanda de Castro y su actitud durante el proceso como toda una demostración de poder, y entenderlo también como el reflejo de unas ganas terribles de llamar la atención. La demanda la anunció en 2017 pero la notificación no llegó hasta hace unos meses, cuando Suave un toque ya ni siquiera estaba produciendo videos y, convenientemente, a las puertas del año preelectoral. Es irónico y patético, pero no sorprendente, que el aspirante a presidente que supuestamente planta cara a los grandes poderes y al que siempre se ve cargando duramente contra los magnates mediáticos venga ahora a pedir condenas por lo que se dijo en un programa hecho por estudiantes universitarios. Pero es lo que hay.

Juan Diego Castro hace esto por la misma razón que hace todo lo demás: para pescar algo, ya sea una condena o un poco de atención. No se puede esperar nada menos de quien siempre ha exhibido una superioridad moral como arma contra sus rivales y que hace tres años se hizo pasar por un ciudadano común, un amigo de la gente, para arañar un poco de descontento popular con fines electorales. En el fondo, Castro queda retratado otra vez como un abogado oportunista al que le da igual que Suave un toque y sus responsables están lejos de pertenecer a las cúpulas de poder que él supuestamente se ha propuesto defenestrar. Este es su modus operandi, y nunca va a cambiar.

Ahora bien, lo más incómodo de todo esto es tener la sensación de que el político de 65 años que se comporta como un bully de 12 ha llevado el asunto a la justicia porque cree que es probable que le den la razón, aprovechándose así de un error cometido por Suave un toque que creo que pudo evitarse previendo que Juan Diego “Adictoatenerlarazón” Castro haría lo que más le gusta hacer: un circo judicial. Y es que en el video denunciado se dejó la puerta abierta a este lamentable escenario, porque era relativamente fácil atajar esta bronca, para no perder el tiempo pero también para no darle alas a quien busca la mínima para explotar los grises de la libertad de expresión.

Respetando el punto de vista de los responsables de Suave un toque —y reconociendo el privilegio de la comodidad de ser ajeno al asunto—, me cuestiono su defensa de que, si se dijo algo falso, como asegura el demandante, no es una difamación porque se trata de una sátira política. El profesor de ciencias políticas James L. Walker señala que la diferencia clave entre sátira y difamación es que la sátira no tiene el objetivo de ser creída por la audiencia, porque es casi siempre falsa, crítica y está diseñada para atacar. En el video en cuestión, la forma en la que se achacan a Castro algunas cosas escandalosas no invita a la audiencia a creer que lo que se dice no es cierto, sino que se da a entender que el candidato en efecto hizo todas estas cosas, pese a que, por más mal que nos caiga el tipo, muchas no han sido probadas.

Entiendo que Suave un toque no pueda catalogarse como periodismo informativo, pero tampoco es, digamos, una ópera bufa. En este episodio en general, la comedia no es ni el medio ni el fin. Es casi como un hombro reconfortante al que se acude para que el espectador no se deprima por las lamentables biografías de los candidatos presidenciales. Pero el grueso de sus mensajes no buscan tanto la risa como el pensamiento crítico mediante un repaso por los elementos más oscuros y cuestionables de los candidatos que en aquel entonces tenían más posibilidades de presidir el país. Las afirmaciones que Castro estima difamatorias no son una excepción.

Los responsables de Suave un toque defendieron en el juicio que se trata de un programa de humor y opiniones sobre política, y citaron como referencias a Last Week Tonight o Saturday Night Live. Pero en esos programas, especialmente en el de John Oliver, hay una clara distinción entre lo que es gracioso y lo que es valorativo, que se basa en información que se presenta como veraz. Sin aludir a ‘verdades’, los chistes en estos formatos simplemente no existen. Si John Oliver hace un chiste con una premisa falsa, el chiste puede perder su encanto. En el caso de Suave un toque, cuando se dicen las cosas que Castro asegura que son falsas no hay un ambiente de humor, sino que se mencionan entre las razones que hacen indeseable al candidato, y se deja claro que son asuntos reprobables.

En lugar de hacer chistes con que uno de los escándalos más destacados en la trayectoria de Juan Diego Castro es que su madre lo denunció por agresiones (y después retiró la denuncia), Suave un toque aseguró que el abogado le pegó a su mamá, y que eso era cierto porque había “muchos testigos”. No se dijo que había sido denunciado por agresión, o que el candidato es un presunto agresor, o que supuestamente tenía la maña de alzarle la mano a su progenitora. Esto es un problema, porque la magia de formatos como los que Suave un toque cita como influencia radica en que están blindados por el humor y saben cómo decir las cosas sin afrontar problemas legales (y, bueno, que tienen un montón de abogados para ayudarles con eso).

Creo que Suave un toque sabía manejar muy bien la distinción entre sátira e información, amén de su lema “en este noticiero todo es ridículo y absurdo, pero muy pocas cosas son inventadas”. Sin embargo, por las razones que fueran, en este episodio faltaron un par de detalles que habrían permitido decir lo mismo sin alimentar a Juan Diego Castro, que también es cierto que pudo resolver esto de otra forma. Pudo pedir una rectificación, dar su versión de los hechos ante los medios o buscar una solución directamente con los universitarios involucrados. Pero lo que a él le gusta es que sus adversarios tengan miedo y se sientan acorralados, y ver qué puede sacar de cada situación, algo que lamentablemente el sistema judicial le permite.

No creo que este error sea suficiente para condenar por difamación a Suave un toque, pero eso es algo que deberá determinar la justicia, si el juicio en efecto vuelve a comenzar. Lo que sí creo es que de este triste proceso podemos extraer lecciones. La primera que veo muy clara es que este señor no es el único de su especie que está esperando cualquier oportunidad para atacar al disidente; para muestra, todos los cretinos que le jalean para que pisotee a los ‘chancletudos’ de la UCR, a ver si aprenden de una vez.

La segunda es que hay que luchar mejor. Nadie duda de las buenas intenciones de Suave un toque al alertar del peligro de entregarle la presidencia a semejante megalómano, pero para combatir a los reaccionarios no se les puede dar ni una oportunidad para que dominen el relato, como sucede cuando inician un juicio para instrumentalizarlo desde un comienzo y así amplificar su propaganda, tal como ha hecho Juan Diego Castro desde que comenzó este pleito.

La tercera lección es más un recordatorio de que necesitamos más Suave un toque y más espacios que se salgan del molde. Uno de los primeros episodios que recuerdo haber amado de Suave un toque (quizá el mejor programa televisivo sobre política que ha existido en Costa Rica, en mi opinión) trataba sobre la concentración de frecuencias de televisión y radio en muy pocas manos pese a ser bienes teóricamente públicos. En ese programa se hacía una declaración de intenciones y se señalaba que uno de los asuntos preocupantes de esta situación es la calidad de la información en Costa Rica y la falta de pluralidad en nuestra prensa. Esto es tan cierto ahora como entonces.

Programas como Suave un toque son imprescindibles en una democracia, especialmente en los tiempos que corren. Quiero creer que la aparición del formato en 2017 hizo que muchas personas se vieran reflejadas en las inquietudes que alimentaban sus contenidos y que además inspiró a muchas a emprender distintos proyectos, no necesariamente ligados a la comunicación. Hace tres años habían todavía menos voces alternativas en Costa Rica, por lo que el auge de Suave un toque fue balsámico y ayudó a llenar un vacío notable en las dinámicas de participación de una parte de la población que se dice alienada de la oferta informativa hegemónica y que se siente excluida de los canales tradicionales de debate público.

Y eso Juan Diego Castro no podrá borrarlo por más que lo intente.


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